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Misioneros llevan el Evangelio y plantan una iglesia en el pueblo más antiguo de Uganda, «Cristo cambió nuestras vidas»

📅 octubre 2, 2026   •   ⏱ 4 min de lectura

Durante siglos, el pueblo Batwa habitó la selva de Bwindi, en el suroeste de Uganda, sobreviviendo de la caza, frutos y raíces. Su forma de vida cambió radicalmente cuando el territorio que habitaban fue convertido en un parque nacional destinado a la conservación de gorilas en peligro de extinción, provocando que muchos fueran expulsados de la zona que durante generaciones consideraron su hogar.

El desplazamiento dejó a numerosas familias sin tierras, alimentos ni medios estables para subsistir. Al trasladarse hacia poblaciones cercanas, algunos terminaron viviendo en las calles y enfrentando una fuerte marginación social. El misionero ugandés Tugume Gerald relató que incluso existían personas que se negaban a ofrecerles trabajo debido al desprecio y los prejuicios contra la comunidad Batwa.

En medio de esa realidad, Gerald y su esposa, Barbara, comenzaron una labor misionera en Kisoro, una pequeña localidad ubicada cerca de la selva. El proyecto no se limitó a entregar ayuda material: su objetivo central fue predicar a Jesucristo entre una población que, según los testimonios recogidos, en muchos casos nunca había escuchado claramente el mensaje del Evangelio.

La predicación comenzó a extenderse entre las familias y cientos de Batwa escucharon acerca de Jesús. Uno de los primeros convertidos, Nyirakayanje, contó que antes de conocer el Evangelio su comunidad estaba marcada por prácticas como el consumo de alcohol, tabaco y brujería. Para él, comprender que Cristo murió por el pecado significó una ruptura total con aquella antigua manera de vivir.

La transformación de Nyirakayanje no terminó en una confesión de fe. Después de convertirse, comenzó a trabajar como evangelista junto al equipo misionero, llevando ahora a su propio pueblo el mensaje que había cambiado su vida. Con el avance de la misión, decenas de Batwa profesaron fe en Cristo y posteriormente fueron bautizados.

El crecimiento de la comunidad cristiana condujo además a la fundación de lo que los misioneros presentan como la primera iglesia Batwa de esa región. Gerald afirma que en algunas reuniones la congregación llega a recibir hasta unas 1.000 personas de la comunidad, una cifra que refleja la expansión que ha tenido la obra entre un pueblo históricamente aislado y marginado.

Los misioneros también aseguran haber presenciado acontecimientos que consideran milagrosos, incluyendo casos de sanidad relacionados con VIH y sida. Estas afirmaciones proceden de Gerald y Barbara y forman parte de su testimonio sobre lo ocurrido durante el trabajo evangelístico entre los Batwa.

La misión ha unido la predicación con asistencia concreta. Actualmente sostiene una escuela para niños Batwa y, con apoyo de iglesias de Suecia, entrega útiles escolares, zapatos y ropa. También participa en la construcción de pequeñas viviendas destinadas a familias que quedaron sin condiciones adecuadas de alojamiento.

A pesar de los avances, los responsables de la misión estiman que todavía existen miles de Batwa que no han escuchado el Evangelio. Para Nyirakayanje, alcanzar a esas personas se ha convertido en una misión personal: él cree que el mismo mensaje de salvación que transformó su propia vida puede producir un cambio profundo en el resto de su pueblo.

Lo ocurrido entre los Batwa recuerda que el mandato de Cristo nunca estuvo limitado por raza, condición económica, aislamiento geográfico o rechazo social. Mientras comunidades olvidadas por el mundo comienzan a escuchar el nombre de Jesús, la Iglesia vuelve a encontrarse frente a su responsabilidad de ir donde otros no quieren ir.Biología

Apocalipsis 7:9 proyecta precisamente una escena final donde personas de toda nación, tribu, pueblo y lengua están delante de Dios: cada pueblo alcanzado hoy anticipa la dimensión universal de esa promesa.

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