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Cristianos encarcelados en Yemen convierten la prisión en campo de evangelización

📅 octubre 8, 2026   •   ⏱ 3 min de lectura

La persecución no ha conseguido silenciar el Evangelio en Yemen.  Cristianos detenidos por su fe continúan hablando abiertamente de Jesús, enseñando la Biblia y compartiendo el mensaje de salvación con otros prisioneros, aun mientras enfrentan vigilancia, enfermedad y el desgaste provocado por meses de encarcelamiento.

Mahfouz —nombre cambiado por razones de seguridad— pasó tres años en prisión debido a su fe
 cristiana. Lejos de describir aquel tiempo únicamente como una tragedia, aseguró que fueron “los años más fructíferos de mi ministerio”, porque encontró entre los presos un campo inesperado para anunciar a Cristo.

Yemen ocupa el tercer lugar en la Lista Mundial de la Persecución 2026 de Puertas Abiertas. Según la organización, el año comenzó con una fuerte ofensiva contra los cristianos, especialmente en el norte del país, donde más de 60 seguidores de Jesús fueron secuestrados o encarcelados. Algunos fueron arrestados en puestos de control junto a sus familias y otros fueron sacados de sus hogares.

El miedo ha obligado a numerosos creyentes a desaparecer de la vida pública. Reuniones cristianas fueron interrumpidas, algunos abandonaron sus ciudades y otros mantuvieron sus teléfonos apagados durante semanas. Hubo incluso creyentes que destruyeron sus dispositivos ante el temor de que fueran utilizados para rastrearlos.

Sin embargo, la presión que buscaba paralizarlos produjo en varios de ellos el efecto contrario. Colaboradores locales de Puertas Abiertas informaron que cristianos sometidos a vigilancia y amenazas comenzaron a sentir todavía mayor urgencia por anunciar el Evangelio, convencidos de que incluso aquella crisis podía convertirse en tiempo de cosecha espiritual.

La determinación llegó al extremo de que Mahfouz pidió en oración permanecer unas horas más encarcelado antes de recuperar su libertad. Tenía previsto reunirse con otro preso esa misma tarde y explicó que quizá sería “la única oportunidad” para que aquel hombre escuchara acerca de Cristo antes de que él abandonara la cárcel.

No se trata de un caso aislado. Otros dos cristianos encarcelados llegaron a ser reconocidos dentro de la prisión precisamente por hablar de Jesús. Durante una visita, un guardia dijo a la esposa de uno de ellos que su marido se había vuelto “famoso” entre los detenidos por su conducta y por proclamar abiertamente su fe.

Las familias también están pagando un precio severo. Aunque esposas, hermanos y otros parientes todavía pueden realizar visitas breves a casi todos los detenidos, algunos aseguran encontrarlos enfermos o profundamente envejecidos después de apenas seis meses tras las rejas. La cárcel está dejando marcas visibles sobre sus cuerpos.

Mientras los hombres permanecen presos, muchas esposas deben sostener solas sus hogares, criar a sus hijos, trabajar para obtener ingresos y buscar asistencia legal para sus maridos. La persecución, por tanto, no termina en las puertas de la prisión: golpea económicamente, emocionalmente y físicamente a familias enteras cuyo conflicto comenzó por confesar su fe en Jesús.

Encerrar al mensajero no necesariamente detiene el mensaje. Pablo escribió desde sus propias cadenas que lo sucedido había contribuido al avance del Evangelio (Filipenses 1:12-14). En Yemen, las celdas que pretendían imponer silencio están siendo utilizadas por creyentes perseguidos como lugares para predicar, enseñar las Escrituras y presentar a Cristo donde se creía poco común que el Evangelio pudiera compartirse.Libros cristianos

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